¿Una nueva conciencia ambiental?

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La edición de Galicia de El País publicó el pasado 22 de Diciembre un suplemento especial V Aniversario (pdf) donde aparece un artículo en el que reflexiono sobre la evolución de la conciencia ambiental en la última década.

¿Una nueva conciencia ambiental?

La última década ha sido testigo de fuertes transformaciones en nuestra conciencia ambiental, algunas de alcance global, otras relacionadas con cuestiones locales, especialmente relevantes en el caso específico de Galicia donde hemos vivido fuertes convulsiones asociadas a catástrofes como la del Prestige o la recurrente de los incendios forestales y otras asociadas a problemas crónicos como él de la degradación de la costa. Estos problemas han generado la apariencia de una gran preocupación ciudadana pero, en la práctica, han contribuido poco a cambiar las políticas públicas o a modificar nuestros modos de vida o las estrategias de nuestras empresas. La crisis global iniciada en 2008 parece aparentemente haber dado el toque de gracia a nuestra conciencia ambiental. Cuando se trata de sobrevivir, poco importan cuestiones que, como las ecológicas, se suelen considerar complementarias, como lujos que solo se pueden permitir las sociedades que gozan de altos grados de bienestar.

Sin embargo, la realidad puede ser mucho más compleja e interesante. Por una parte, la conciencia global que emergió en las últimas décadas del siglo 20 siempre fue rehén de su propia filosofía. El movimiento ecologista tradicional ha sido excelente gestionando el sentimiento de culpa. Por el contrario su visión ha sido mucho más limitada a la hora de proponer alternativas eficaces y que la mayoría de la sociedad pueda ver como viables. Además, los conflictos ambientales han acabado en muchos casos, y especialmente en Galicia, siendo rehenes de las luchas políticas. Las manipulaciones han devaluado el valor de la información científica puesta en juego y han expulsado a los ciudadanos del debate, agotados de asistir a confrontaciones interminables basadas en análisis parciales y de parte. Los científicos no han sido en general de mucha ayuda, limitándose a hacer divulgación que trata de simplificar los problemas y eliminar las incertidumbres que realmente existen hurtando el debate abierto.

Esta situación ha fomentado la desconfianza y las tácticas sectoriales desarrolladas con éxito por grupos de presión (desde lobbies empresariales a ONGs conservacionistas) que han servido en ocasiones para denunciar malas prácticas o identificar culpables de delitos ambientales, y para generar un sentimiento difuso de una culpa que no sabemos como redimir. Pero este modelo sirve de bien poco cuando queremos construir alternativas que permitan la colaboración y la innovación como bases para la sostenibilidad ambiental.

Y en esos momentos llegó la crisis, que primero pensamos financiera y después sistémica, y todo cambio. En estos momentos emerge una nueva conciencia ciudadana por todo el mundo que defiende nuevos valores y prácticas sociales y económicas. Esta conciencia es aún posiblemente minoritaria pero con un grado de influencia enorme al estar generada por las clases medias, y en especial por jóvenes altamente formados. Igual que se admite la necesidad de una reestructuración radical de nuestros sistemas financieros y políticos, se empieza a entender que es imprescindible que nuestros sistemas socioeconómicos y ecológicos sean realmente sostenibiles, anteponiendo este objetivo a la maximización corto-placista del beneficio de la explotación de los recursos naturales. Además, nuestro sentimiento de culpa tiende a matizarse una vez que hemos entendido que la Tierra tal como la conocemos desde hace varias décadas es en gran medida consecuencia de la acción humana que ha modificado profundamente todos los ecosistemas conocidos. Ante esta evidencia, de poco vale tratar de preservar. Debemos ya plantearnos como intervenir para conservar funciones ecológicas y biodiversidad y para garantizar que siguen siendo el soporte de nuestras vidas. Además, hemos madurado y hemos empezado a ampliar nuestra percepción de lo ambiental. Ya no solo nos preocupamos de ecosistemas “naturales” casi siempre alejados; las ciudades, las zonas rurales o los mares costeros son nuestra nueva preocupación, ecosistemas menos espectaculares que los arrecifes o la selva tropical pero que nos proporcionan los servicios imprescindibles para mantener nuestra calidad de vida.

Nos enfrentamos ahora a dos grandes retos. Hacer operativa esa nueva conciencia ambiental y generar mecanismos efectivos que aseguren una verdadera participación ciudadana en las decisiones y gestión ambiental. Ambos retos tienen en común la necesidad de información y de sistemas que permitan por una parte su utilización colaborativa por técnicos, gestores, políticos y ciudadanos, y por otra enfoques integrados y no sectoriales. En este sentido, el movimiento de datos abiertos puede ser fundamental para hacer accesible la información ambiental y permitir a ciudadanos y sus organizaciones (desde ONGs hasta grupos de investigación) realizar análisis independientes y aportar transparencia al proceso de comunicación y debate.

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