Me levanté mareado

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Me levanté mareado, con ganas de vomitar. Imaginaba que era una consecuencia física de mi estado psicológico. La depresión, o lo que fuese que atormentaba mi cerebro, había acabado por afectar a mi cuerpo. Sin embargo a lo largo del día mejoré a pesar de que mis problemas emocionales continuaban ahí, inmutables. Y recordé que los primeros días de descanso después de meses de actividad incesante me sientan mal, el cuerpo se relaja y resurgen todos los dolores ocultos. Puede que aislarme un tiempo para escribir no haya sido tan buena idea.

En el fondo temía la angustia. La experiencia de la quimioterapia había sido especialmente desagradable; la incertidumbre sobre su resultado multiplicaba los síntomas físicos. Y lo que sentía esta mañana era algo próximo.

¿Cuántas depresiones habrán acabado con personas que las confundieron con trastornos digestivos? ¿y cuántos problemas somáticos se habrán tratado inútilmente con antidepresivos? En realidad ¿cuál es la diferencia?, mi cerebro puede afectar a mi estómago más que cualquier cena picante y abundante tomada demasiado tarde. Siglos de avances médicos no nos permiten saber con cierta seguridad si nos despertamos destrozados por el desamor o víctimas de la resaca de una noche demasiado agitada. Creemos que lo sabemos, pero es solo lo que deseamos creer. Un día más, sería imposible escribir.

[proyecto_K; B5]

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