Los límites de la universidad tal y como la conocemos

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La población mundial en edad universitaria que va a la universidad ha pasado del 14 al 32% en solo dos décadas y hemos pasado de 5 a 54 países en los que esta proporción supera el 50%. Dicho de otro modo “el mundo entero va a la universidad” como titulaba The Economist un special report de su número del 28 de marzo, The whole world is going to the university. El subtítulo de la portada se preguntaba si realmente esta tendencia es rentable en términos de mayor y mejor educación de la población y de impacto económico y social y su lectura es muy recomendable para entender la historia reciente de los sistemas universitarios y el escenario actual.

La respuesta de The Economist es en cierto modo negativa. Aunque existen evidencias empíricas de que un grado universitario mejora las perspectivas de empleo y salario de las personas, el informe pone en cuestión que exista un impacto similar en la sociedad en conjunto. En este sentido la parte de PIB dedicada a la educación superior que en los países de la OCDE ha pasado del 1.3 al 1.6% desde el año 2000, y en EEUU alcanza ya el 2.7%. En paralelo la burbuja de deuda crece imparable en la sociedad norteamericana por los créditos que los estudiantes deben utilizar para permitirse estudiar en la universidad. Por otra parte The Economist cita diversas evidencias que indican que en realidad las ventajas competitivas a la hora de alcanzar un empleo que obtienen los graduados universitarios por ir a ciertas universidades no se deben a sus mayores y mejores conocimientos y competencias. Más bien son consecuencia del hecho de que los empleadores se fijan en la institución universitaria donde han estudiado los candidatos como un indicador fiable de la calidad de origen del estudiante. ¿Por qué? se entiende que las universidades más selectivas son las más caras y que admiten pocos alumnos; por lo tanto deben aplicar filtros exigentes para captar solo a los mejores estudiantes.  De este modo se crea un círculo vicioso que provoca la perversión de que haya que pagar un coste muy elevado solo para que nos seleccionen de una forma muy exigente.

Otra parte del problema actual con el sistema universitario se debe a la importancia de los rankings. El informe revisa en detalle la historia de los rankings universitarios y encuentra que su limitación más relevante es que se centran en la investigación y/o en los indicadores indirectos de calidad docente (como número de profesores por alumno), y por tanto miden inputs y no outputs. Pero no existen indicadores fiables y estandarizados a nivel internacional que midan el aprendizaje real de los estudiantes universitarios.

Parece que los dos grandes modelos universitarios están llegando a su límite. Europa ha apostado por la igualdad y dispone de un sistema principalmente público en que la calidad de las instituciones es similar. En Norte América el sistema está orientado a lograr la excelencia y cuenta con unas pocas universidades de élite y una inmensa mayoría mediocres. Ambos modelos han logrado buenos resultados pero no parece que hoy en día sean capaces de resolver por si mismos los retos a los que se enfrenta la educación superior. Quizás las experiencias más interesantes están sucediendo en Asia y Latinoamérica (incluyendo experiencias de universidades occidentales que crean campus internacionales en alianza con instituciones locales) así como en la educación online, aunque en parte tratan de competir con las universidades europeas y norteamericanas en los mismos indicadores y ránkings.

En este escenario las estrategias que busquen realmente superar los límites de estos modelos deben buscar objetivos alternativos que no dependan en gran medida por de grandes inversiones que son las que permiten situarse en un tiempo razonable en los rankings internacionales o publicar el máximo número posible de papers en ciertas revistas. Si los objetivos se centran en el aprendizaje real y efectivo surgen oportunidades de modelos realmente innovadores. La clave esta en pasar de un sistema que evoluciona en base a grandes políticas públicas y macro-inversiones a otro en que los proyectos educativos son más próximos en su modelo de desarrollo a una startup en que debe buscar el valor real que aporta a los estudiantes y que tiene la flexibilidad para poder escalar innovando de modo continuo.

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